Lluvia y un poco de épica

Martes. 19:10

"Dale que no pasa nada". La frase de Nico quiebra toda posibilidad de suspensión. Antes de salir, una lluvia torrencial rompe Congreso. Me subo al primer taxi que encuentro y les doy las coordenadas: El Rosedal. El tachero se pasa. Llego a las 20:10. Del cemento de la pista se levantaba un tímido vapor, recién terminaba de llover de manera copiosa. No iban a ser las únicas gotas de la noche, por suerte. El olor a tierra mojada se tranforma en un estímulo. No sé si era yo, el comienzo de mi segunda semana de entrenamiento o el día era especial, pero todos corrían con una aceleración notable. Mientras esperaba que Nico termine la entrada en calor, los que entrenaban me pasaban como un cono. Mi cabeza todavía estaba en pausa.

Mi turno para la entrada en calor. Charla y a trabajar. Fueron seis pasadas de 600 metros con un minuto treinta segundos de recuperación y tres series de 400 metros. El ritmo fue algo superior al del último trabajo de mil metros en el que mi rendimiento no fue el mejor. Si algo le faltaba de épico a todo esto, fue correr sin poder levantar la vista por la lluvia. Fue un trabajo en equipo increíble. El cuerpo ya responde de otra manera. Esa pesadez intolerable en las piernas ya no se siente. Dos minutos comienzan a parecer 120 segundos y no tres horas y media. Ese es el objetivo.

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