Bienvenidos a España

Salimos con tres horas de demora. Llegué a pensar que se venía la gran Aerolíneas, se cancelaba el vuelo y nos veíamos en Disney. #ElUltimoIntento arrancó de una manera épica.

Trece horas. Imposible. Insostenible. Duro y trágico. Todo eso. Todo junto. A la 1 de la mañana del 15 de enero, carreteó el Airbus por la pista central de Ezeiza. Y ahí estábamos nosotros: dos locos con ganas de jugar al fútbol.

"Chicos: Pollo o pasta?", preguntó el azafato, con un chaleco muy Ante Garmaz. "Qué nos recomendás? Decinos vos", le pregunté. "Ninguna de las dos cosas", nos respondió. Elegimos pollo. Cuarenta y cinco minutos después de despegar yo ya me había tomado el primer miorelajante. Cuatro horas después... el segundo. Nico, con un antifaz mágico, algo ridículo ya estaba imaginando jugadas.

Las primeras seis horas de vuelo fueron torturantes. La segunda mitad no la sentí. Me desperté faltando dos horas, a la altura de Marruecos. Ya estaba todo liquidado. En Barajas aguantamos a los argentinos desesperados por bajarse del avión, al desesperado por la valija, al desesperado por la conexión que pierde, al desesperado por el pasillo. A todo tipo de pasajero con desorden mental.

Llegó la fila en migraciones. "Primera vez en España?", pregunta un joven agente de migraciones. "Sí. Venimos de turismo y a cubrir el clásico Real-Barca". Sí, dale. Explicale que venimos a jugar al fútbol con un grupo de jugadores libres y a probarnos en el ascenso español. No había chances de seguir. "Traen carta de recomendación?", consulta ya un poco más nervioso nuestro amigo. Pensé muchas respuestas pero una sola era clave: "No. No tenemos". Cara de circunstancia. Nico ya estaba blanco. "A qué se dedica?", le preguntó sacándome del lugar de vocero. El profe pensó y tiró la terrible demostración de inseguridad: "Eh? Qué?". Repite la pregunta. "Soy periodista. Soy su compañero". Estamos al horno. Ya está. Sin embargo, escuche el ruido del sello y esa frase armoniosa: "Bienvenidos a España".

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