Saber de despedidas debe ser de las pocas cualidades que uno no pone en su CV. Vivir en el otro extremo de donde viven tus amigos y tu familia te acostumbra a eso. A un rosario de despedidas que siempre tiene una cuenta nueva. No me gusta ese ritual. Es más, si puedo irme sin despedirme mejor. Me angustia, me tensiona. Me voy silbando bajito y después se arregla con un llamado diciendo que "se me hizo tarde". Mastico ese dolor en la soledad de un hall de pre embarque, en un avión, en un auto. Auriculares puestos y a otro cosa. Un par de horas después, estás en el mismo lugar del que partiste. Con esa rutina gris y el sentimiento de que lo tuyo está en otro lado.
Estuve 10 días en Río Gallegos y desde el 2008, cada vez que me despido de mi familia me pregunto si será la última vez. Sí, es verdad, puede sonar tremendo pero cuando la tragedia ya la sentiste cerca. Uno piensa así, el "no me va a pasar nunca" ya no corre. Una vez que te tocó, es difícil despegarla. Te marca. Te daña. Esta vez fue distinto, dejé mi orgullo de lado y antes de irme fui hasta la casa de mi abuela. Tiene 90 años, vive sola en la otra esquina de mi casa. Ella está convencida que está bárbara pero los médicos nos dicen lo contrario, que ya está en la recta final. No es chamuyo. Uno lo nota. Lo siente.
Toqué el timbre y esperé que me atienda. La saludé, le di un abrazo muy grande y muchos besos. Le dije que la quiero mucho, que la voy a extrañar y que se porte bien. Lo sentí como un último abrazo. Está frágil. Más que un abrazo fue una caricia. Ella se acurrucó en mi pecho y por unos segundos pensé que la estaba protegiendo. Fue rápido, no quería que ella sienta algo distinto a un habitual saludo. No sé cuándo podré volver. Ojalá tenga esa última oportunidad. Otro abrazo que le de aire, saber si se portó bien o no y decirle que la estoy esperando.

































